Jueves, 22 Mayo 2014 23:00

Luchadoras por los derechos humanos

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En medio de flores y aplausos fueron reconocidas dos mujeres luchadoras, Mama Angélica y la Madre Covadonga por su trabajo incansable en la defensa de los derechos humanos. El reconocimiento fue otorgado por el V aniversario del Movimiento Ciudadano de Derechos Humanos Ayacucho. Dos mujeres que a pesar de las dificultades son un ejemplo de lucha incansable en la defensa y promoción a los derechos elementales principalmente el de los más necesitados.

 

Angélica Mendoza de Ascarza o ‘Mamá Angélica’ es la mujer símbolo de lucha por los Derechos Humanos. Ella, en la ciudad de Ayacucho, perdió a su hijo Arquímedes un 3 de julio de 1983, cuando efectivos del Ejército “se lo llevaron para nunca más hacer regresar”  Desde entonces ‘Mama Angélica’ se ha convertido en el rostro de los familiares de los desaparecidos durante la violencia entre el terrorismo y el Estado. Es la fundadora de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados y Desaparecidos del Perú (ANFASEP), en cuyo local igualmente creó un comedor para alimentar a más de 300 niños que quedaron huérfanos a causa de la violencia interna.


Así sigue reclamando justicia para los desaparecidos y lo hizo desde mayo del 83, fecha de la desaparición de su hijo Arquímedes, quien tras sobreponerse al dolor y la injusticia, exige el pleno respeto y cumplimiento de los derechos de todas las mujeres víctimas de la violencia y el esclarecimiento de los desaparecidos producto del conflicto armado interno.


Igualmente reclama que en el lugar de ‘La Hoyada’, ubicado a pocos metros del cuartel ‘Cabitos 51’ de Ayacucho, donde malos militares asesinaron e incineraron a centenares de víctimas, entre inocentes y senderistas, en honor a las víctimas del conflicto armado interno se construya un Santuario de la Paz. 

 

Y también el reconocimiento a la hermana María Estrella Valcárcel Muñiz, más conocida como la madre Covadonga con más de cuatro décadas de trabajo en Ayacucho demuestra que la superación de diferencias culturales, políticas y económicas es posible mediante la práctica cotidiana del amor al prójimo: un amor constante, espontáneo y sin imposiciones, que vence tanto las deficiencias estructurales de países en vías de desarrollo como el determinismo de cualquier tipo.


De esta manera, su obra -a la vez humilde y grandiosa, pública y silenciosa promueve el entendimiento y la convivencia en paz entre hombres y mujeres dedicados a la lucha contra la injusticia, la pobreza, la enfermedad y la ignorancia, por lo que se identifica cabalmente con la incondicional defensa de la libertad. La misión de custodiar, une nuevamente los ideales religiosos y los de la sociedad civil, en el ejemplo de discreción y humildad tan necesario en la recuperación de los valores solidarios y humanistas. Estos principios, reformulados de acuerdo a su entorno peruano, han sido desde sus inicios una constante en el devenir de la Madre Covadonga.


Así, su obra está basada en el diálogo y el apoyo a la vida de los otros, los más desprotegidos y humildes, los casi siempre olvidados, demostrando una integración plena con un entorno cambiante y muchas veces inhóspito. Este trabajo se da dentro de los ancestrales vínculos comunitarios que caracterizan al mundo andino, mediante un profundo entendimiento de los problemas locales.

 

Las distintas actividades de la Madre Covadonga no buscan promover el asistencialismo, sino la reciprocidad y la autonomía (“No es ayudar por ayudar: es ayudar para construir”), por lo que sus constantes esfuerzos están encaminados a crear redes, instituciones y nuevos profesionales dispuestos a combatir las carencias estructurales de su querido Ayacucho. Es por esto que en su labor la educación, el lograr una sustancial mejora del nivel de ciudadanía de los ayacuchanos, representa un punto clave de sus esfuerzos. Toda una vida no bastaría para agradecerles lo que hasta hoy lograron. 

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